Cuento: El Porque

¿POR QUÉ?
Es la clave para iniciar realmente


Era tarde por la noche y aún seguíamos pensando qué hacer. La única idea
que parecía convencernos era salir a comer algo.
No soy fanático de las historias complejas. Emilia siempre intenta
contarme alguna, y casi siempre termina siendo la misma: la historia del
restaurante de la Avenida Hills. Debo admitir que suelo prestarle poca
atención; me gusta más escuchar el tono de su voz que la historia en sí.
Sin embargo, esa noche decidí acompañarla.
Cuando llegamos, notamos que las calles estaban inusualmente vacías. A
esa hora no era algo imposible, pero aun así resultaba extraño. Al llegar a
Turkish Pizza, la sensación se intensificó: el lugar estaba completamente
desierto.
Lo único que rompía aquella quietud era el cajero, cuya presencia tenía
algo inquietante.
Pedimos la hamburguesa especial que aparecía en el menú y nos sentamos
a esperar.
Mientras aguardábamos, algo llamó mi atención. El sabor de aquella
hamburguesa me resultaba extrañamente familiar, aunque no lograba
recordar por qué.
Entonces miré a Emilia.
Su sonrisa era hermosa. No podía evitar pensar que su sola existencia
tenía algo extraordinario. Por un momento olvidé el silencio del lugar, el
extraño ambiente e incluso mis propias dudas.
Pero aquella calma duró poco.
Una figura desconocida apareció de repente y tomó asiento a mi lado.
El sobresalto fue inmediato.
Vestía ropa propia de la década de 1920. En un principio pensé que
simplemente era alguien aficionado al estilo retro, pero había algo en él
que no terminaba de encajar.
Algo que me hacía sentir incómodo.
Y entonces pronunció unas palabras que lo cambiaron todo.
—Emilia, es hora de que comience.
El rostro de Emilia cambió por completo.
Dejó lo que tenía sobre la mesa y observó al extraño con una expresión
que nunca le había visto. No era miedo ni sorpresa; era algo más profundo,
como si hubiera estado esperando ese momento desde hacía mucho
tiempo.
Asintió lentamente.
Hasta entonces, Emilia y yo siempre habíamos tenido una relación
cercana. Sin embargo, en ese instante parecía una persona completamente
distinta.
Comenzaron a hablar sobre algo que llamaban el reinicio. Discutían cómo
debía comenzar, qué errores debían evitar y qué ocurriría después.
Mientras tanto, yo permanecía allí, sintiéndome poco más que un objeto
decorativo.
Finalmente decidí intervenir.
—¿Por qué?
El hombre me observó durante unos segundos.
—¿Acaso no es obvio? —respondió con calma—. Necesitamos romper el
ciclo.
—¿Qué ciclo?
—A lo largo de incontables historias hemos intentado acabar con él. Una y
otra vez. Pero la raza humana siempre encuentra la manera de repetir los
mismos errores.
De algún modo logré incorporarme a la conversación. Fingí comprender lo
que decían, aunque apenas podía seguirles el ritmo. Aun así, intuía que
aquel hombre sabía algo importante.
Algo que necesitaba escuchar.
—¿Hablas de recrear la humanidad? ¿Como lo haría un dios?
El desconocido negó con la cabeza.
—No exactamente. Cuando la realidad se reinicia, no se crea algo nuevo.
Lo que hacemos es recoger los hilos dispersos del tiempo y volver a
tejerlos. No puedes recrear algo que nunca ha dejado de existir.
—Entonces, ¿por qué no dejar que todo siga su curso?
El hombre sonrió.
—Porque el curso natural de las cosas nos conduce siempre al mismo
lugar.
Guardó silencio durante un instante antes de continuar.
—Verás, repetir un ciclo parece complicado, pero es mucho más sencillo
de lo que imaginas. De hecho, lo hacemos constantemente.
—¿Aquí? ¿En Turkish Pizza?
—Sí. Aquí también.
Señaló la hamburguesa que había pedido.
—Todo consiste en simplificar. Cuanto más simple es una línea temporal,
más fácil resulta moldearla.
Cada respuesta parecía volverlo más extraño. Ya no estaba seguro de si
hablaba con un filósofo, un lunático o con alguien que realmente
comprendía la naturaleza de la realidad.
Entonces me hizo una pregunta inesperada.
—¿Cuál es tu comida favorita?
Fruncí el ceño.
—Galletas con nueces.
En el instante en que pronuncié esas palabras, ocurrió algo imposible.
El menú cambió frente a mis ojos.
Las hamburguesas desaparecieron. Las pizzas también.
Ahora, Turkish Pizza parecía un local especializado en galletas.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
—Adelante —dijo el hombre—. Pide una.
Lo hice casi por inercia.
Cuando la probé, una sensación extraña me invadió. Era deliciosa, sí, pero
había algo más. Una emoción difícil de describir, como si aquel sabor
despertara recuerdos que nunca había vivido.
Por un momento pensé en Emilia.
Y entendí que aquella sensación era lo más parecido a besarla.
—Deja de pensar en la figura humana de Emilia —dijo el hombre de
repente.
Lo miré sobresaltado.
—¿Cómo sabes lo que estaba pensando?
—Porque quiero recrear esta realidad. Y para hacerlo necesito entender
cómo funciona tu mente.
Guardó silencio unos segundos.
—Dime, ¿crees que la realidad es compleja?
No esperó una respuesta.
—La realidad es extraordinariamente simple. Nunca has besado a Emilia,
pero tu mente es capaz de asociar una emoción desconocida con algo tan
cotidiano como una galleta. Así es como se moldea una realidad.
Tomó una servilleta y comenzó a doblarla entre sus dedos.
—Ahora imagina que simplificas toda la existencia a una sola idea. A un
único concepto. Entonces el tiempo deja de ser una corriente imposible de
controlar y se convierte en algo moldeable, como la masa de una galleta.
Señaló un cartel del restaurante.
—Y una vez comprendes eso, puedes mover piezas de la realidad con la
misma facilidad con la que cambias el lugar de ese cartel.
Pronto me di cuenta de que era una realidad.
Esos seres realmente estaban allí, modificando la realidad a su gusto, y yo
era un simple conejillo de indias.
O eso pensaba.
—Mira —resolvió Emilia—. Siempre me has comentado lo mucho que te
gusta la película Interestelar, y quiero que veas lo simple que es recrearla.
Pronto, el suelo se abrió.
Ya no estábamos dentro del restaurante ni sobre la superficie de la Tierra.
Frente a nosotros apareció algo que parecía ser el sistema solar.
Los planetas parecían balones gigantes.
Me agaché para comprobar si se trataba de una ilusión óptica, pero no. Mis
dedos comenzaron a calentarse como si tuviera la mano sobre una
hoguera. Cuando los toqué, cada uno producía una sensación diferente.
Algunos eran fríos.
Otros, ásperos.
Había superficies blandas, rígidas e incluso otras que no sabía cómo
describir.
Todos eran diferentes.
—¿Lo ves? —dijo Emilia—. Eso que parece imposible es lo más fácil de
replicar.
Hizo una pequeña pausa.
—Pero es tan fácil que 2326 años terminan aburriendo.
La miré, todavía intentando comprender lo que estaba viendo.
—¿Y por qué yo? ¿Por qué elegiste ser mi amiga durante tanto tiempo?
Emilia sonrió.
—Porque tienes muchas emociones y sentimientos hacia esta forma.
Aquello me dejó confundido.
—Me pareció curioso intentar entender un romance desde cerca —
continuó—. Pero, como es de esperarse de esta versión de la humanidad,
todo se quedará entre palabras o en hechos apresurados.
Hizo una pausa.
—Algo predecible. Aburrido.
Entonces, entrando en confianza, perdí toda la pena y decidí preguntarle:
—¿Y mi amor hacia ti es otra cosa creada por ti?
—No. Esa fue tu propia voluntad.
El hombre intervino.
—Somos así. Somos como tú, pero evolucionados.
Se acercó un poco más.
—En alguna realidad distante iniciamos como una conciencia básica.
Sabíamos que existíamos. Corríamos dentro de una realidad y un hilo
temporal, pero con varios millones de años de experiencia pudimos
manifestar nuestra propia voluntad sobre las realidades.
Hizo una pausa.
—Desarrollamos una única parte del cerebro para lograrlo. Nuestro hi…
Emilia lo interrumpió.
—Nuestro hipocampo es excepcional.
Me quedé en silencio durante unos segundos.
—Entonces, todo lo que creímos, sentimos y fuimos se acabaría para que
ustedes reiniciaran su juego…
Emilia me miró inexpresiva.
—Sí. Solo que quitando esas emociones inútiles que tanto marcaron esta
realidad.
El hombre cada vez me observaba con mayor asombro.
Creo que empezaba a predecir lo que estaba pensando hacer, pero no podía
permitir que encontrara mi jugada.
—Si es tan fácil, muéstrame mi propio hilo de vida. ¿Y cómo terminaría?
Al menos, si van a acabar con todo, déjenme ver cómo terminaré.
Emilia sonrió con jactancia.
Una sonrisa altiva cruzó su rostro.
Entonces extendió las manos y puso frente a mí toda mi vida convertida en
un hilo brillante.
Poco a poco comenzaron a aparecer todos mis mejores y peores instantes.
Pero, en realidad, era lo que menos me interesaba.
Había podido notar algo.
Estos seres eran altivos y jactanciosos, y su repudio hacia las emociones
los hacía fáciles de manipular.
—Sí, veo que es bastante fácil —dije.
Hice una pausa.
—¿Qué sentido tiene? ¿Cómo crees que será una realidad interesante si
todo es tan fácil de hacer?
Sus expresiones cambiaron.
Ambos me observaron de una forma amenazante.
—¿Cómo crees que nuestra existencia y experiencia se puede resumir así?
—dijo Emilia—. ¿Crees que tus emociones básicas hacen que tu realidad
sea mejor que la nuestra?
—Como lo repites tanto, es sencillo.
Los miré fijamente.
—Llevo tiempo intentando aclarar mis sentimientos por Emilia, pero no
he podido hacerlo. Y ninguno de nosotros puede hacerlo. A ustedes no les
interesa ni un poco. Lo que harían sería escribir una novela predictiva
como todas las realidades que han creado. No llegarían a sentir nada,
incluso si lo intentaran.
Ambos chirriaron los dientes.
—¿Quieres siquiera por un segundo intentar recrear algo? —dijo el
hombre—. No podrías hacerlo ni aunque te diéramos un manual detallado.
Su voz comenzó a elevarse.
—Es por esa arrogancia que esta humanidad se atasca en trivialidades y no
logra avanzar, evolucionar.
Los miré.
—Pues intentémoslo.
En ese momento intuí que podía realizar una maniobra arriesgada por el
bien de mi propia realidad y de los miles de millones de personas que
existían en ella.
Tal y como lo haría Cooper en Interestelar.
—Hagamos una apuesta.
Ambos guardaron silencio.
—Si logro manipular una única realidad, podré irme de aquí, crear mi
propia realidad y nunca volveremos a vernos. Pero si pierdo y no puedo
hacerlo, seré un objeto decorativo. Solo una conciencia que los
acompañará durante la eternidad para darme cuenta de lo equivocado que
estoy.
Ambos sonrieron con arrogancia.
Luego dijeron al mismo tiempo:
—Tendrás que trabajar solo con tu hipocampo y recopilar fragmentos
dispersos de toda una historia. Solo busca los relevantes.
El hombre continuó:
—Tus queridas emociones son una neblina para este primer paso. No creo
que pases de esto.
Emilia tomó la palabra.
—Después, termina de descomponer todos los recuerdos. Elimina toda
paradoja e incongruencia hasta obtener recuerdos de primera.
El hombre sonrió.
—Aquí viene lo que llamarías magia. Tu hipocampo se acelera en un bucle
de retroalimentación hasta el punto en que tu mente los vea como un flujo
continuo, presente y tangible.
Emilia continuó:
—Repetirás toda la historia una y otra vez. Y ahí tienes una realidad pura,
lista para recrearse.
El hombre levantó una mano.
—Empieza a moldearla y, una vez lista, proyéctala a la corteza frontal.
Esta se saturará y la mostrará ya no como una simulación, sino como una
realidad expresada en partículas.
Cerré los ojos.
Por primera vez, intenté hacer exactamente lo que me habían explicado.
Mis manos comenzaron a proyectar algo.
Sobre la mesa aparecieron dos alas de luz.
Los dos quedaron estupefactos.
Luego se miraron entre sí y comenzaron a hablar entre dientes. No podía
entender lo que decían, pero cada vez parecían más decepcionados.
Los débiles destellos de luz sobre la mesa comenzaron a proyectar
imágenes.
Pero no eran imágenes de mi vida.
Eran las historias jactanciosas que me habían contado.
Y entonces lo comprendí.
Toda la noche habían hablado sobre su existencia.
Sobre cómo funcionaban.
Sobre cómo eran superiores.
Sobre cómo podían modificar las realidades.
Sin darse cuenta, me habían entregado todo su propio hilo de realidad.
Y ahora, con el conocimiento que me habían dado y siguiendo sus propias
instrucciones, podía recrear su realidad.
Al fin y al cabo, no éramos tan diferentes.
—¿Tú no intentarás… acaso? —tartamudearon al unísono.
Sonreí.
—Al fin soy su misma versión, ¿no? Con las mismas capacidades, pero
menos evolucionada.
Se levantaron con violencia.
Antes de que pudieran decir algo, un par de galletas de avellana cayeron
sobre la mesa.
Me quedé mirándolas.
Estaba hecho.
Dos seres extraordinarios se habían convertido en galletas de avellana.
El restaurante recuperó su luz natural proveniente del alumbrado de la
Avenida Hills.
Con cierta calma e incredulidad, me levanté de la mesa.
Miré las dos galletas.
Y pensé:
Diablos. Acabo de convertir a Emilia en una galleta.
Sin duda, les recomiendo la experiencia del restaurante Turkish Pizza.
Se puede decir que es algo reconstructivo y excepcional.
Las galletas son algo amargas, pero por ello le daría tres estrellas en
Google

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